Ayer, XXV domingo del tiempo ordinario, nos tocó meditar sobre la parábola del Administrador Infiel, en que Jesús elogia la sagacidad, astucia e inteligencia que puso ese mal sujeto para lograr sus objetivos de no quedar fuera de la comodidad y sociedad en que se manejaba.En mi parroquia oí dos homilías alrededor del tema, pues asisto a diario a la Santa Misa, y en una se puso el acento en aquello de no servir a dos señores, Dios y las riquezas; en la otra en que los hijos de la luz debemos poner al menos ese mismo empeño en lograr las cosas santas y buenas que el que ponen los hijos de las tinieblas en organizar sus planes e incluso crímenes.
La verdad es que no ponemos todo lo que podríamos en lograr metas espirituales y de apostolado como lo hacemos para lograr metas económicas, por ejemplo, y dependiendo del espírtitu con que se viva, ambas pueden converger y de la creación de riquezas se puede hacer mucho bien y mucho apostolado si se hace pensando en los bienes de la tierra como medios y no fines en si mismos.
Expreso unos deshilvanados pensamientos sobre algo que me produce un malestar difuso que no logro poner en su sitio ni clasificarlo, pero que ahí está cada vez que salen estos temas en la liturgia, pues se prestan para tratarlos adecuadamente, dando a las riquezas el lugar que les corresponde, sin demonizarlas, y sin hacer sentirse culpables a los que tienen más de lo indispensable, pero por otro lado nos refriegan a los pobres como si fueran unos seres sin tacha, canonizados por el sólo hecho de ser menos favorecidos por la fortuna, sin considerar muchas veces la cuota de culpa propia que puede haber es su situación, pues hay personas --y no son pocas-- que con las mismas cosas en contra han salido adelante con honores, subiendo económica y socialmente y permitiendo a sus hijos "ser más que ellos" como suelen decir.
Cuando me salen con que el único modo de salvarse es cumplir con lo que dice el juicio final del evangelio de san Mateo, y ensalzan la pobreza casi como deseable en si misma, me rebelo -- no tengo otra expresión-- ante las tintas cargadas con matices residuales de la Teología de la Liberación.
¿Cómo va a ser bueno ser pobres y además criticar a los que no lo son? ¿Y qué va a ser de esos despojados de la abundancia material el día que la consigan?
La pobreza o la riqueza son condiciones en que la Providencia nos ha puesto, creo yo, y en cualquiera que sea el nivel que nos haya tocado es para que así, "con los bueyes que nos tocó arar" seamos capaces de amar a Dios sobre todas las cosas, como manda el primer mandamiento, sin envidias, que suele ser el pecado de pobres, y sin avaricias que es común pecado de los ricos. Por lo demás no tenemos condición de "intocables" estilo indio, y todos sabemos que no hay nada más inestable que el acomodo --o desacomodo-- socioeconómico.
Todo depende del corazón del hombre si ser pobre o rico es bueno o malo y no discuto que es más fácil olvidarse de Dios cuando se tiene muchos bienes por lo del apegamiento y dependencia que pueden producir.

