La Píldora y la ira "progresista"

11 julio, 2009

En el fondo, sobre el tema que ya nos cansa a todos, en Chile se debate lo que ha dicho tan claro como siempre don Gonzalo Vial Correa en su columna del diario La Segunda respondiendo al inefable rector/columnista Carlos Peña. No agregaré nada pues no puedo mejorarlo:

Una resolución de la Contraloría ha invalidado la distribución de la píldora del
día después por intermedio de las municipalidades. La ira «progresista» ha sido
enorme, alcanzando –a la verdad– extremos que sólo pueden explicarse por el
apasionamiento extremo o la vulgar y silvestre zoncera.

Para apreciar que no exagero, consideremos la historia de este asunto desde un principio:

1. Su origen es la intención y decisión de la presidencia anterior y de la actual, en orden a establecer y facilitar el reparto masivo y gratuito de la píldora citada –por intermedio de los servicios de Salud– a las mujeres mayores de 14 años que la solicitaran, sin considerar los posibles efectos abortivos del fármaco. Ellos, de ser ciertos, prohibirían ese reparto, conforme a la Constitución y a la ley (Código Sanitario).No obstante ser ésta una objeción conocida, los dos últimos gobiernos concertacionistas han insistido en imponer el reparto de marras a rompe y rasga, sin escuchar previamente sino a dos entidades que sabían de antemano favorables (APROFA e ICMER)… y a nadie más. Nadie: ni universidades, ni sociedades científicas, ni expertos, ni iglesias, ni partidos políticos, ni Congreso… ¡ni siquiera el gabinete presidencial! tuvo noticias de lo que se tramaba. Se quería que «el golpe avisara». Conducta por lo demás antigua y típica de la «pandilla» que busca controlar y hacer ingeniería social con los hábitos reproductivos del país, y que está enquistada en el ministerio del ramo hace ya muchísimos años.
2. Los opositores a la medida, así tratados –a la baqueta– no tuvieron sino la vía judicial. Y en agosto de 2001, la Corte Suprema les dio la razón por sentencia unánime y ejecutoriada.
3. La respuesta del Gobierno fue estupefaciente, un resquicio grosero: CAMBIARLE EL NOMBRE COMERCIAL A LA PILDORA, y continuar repartiéndola.
4. Ante ello, los opositores fueron al Tribunal Constitucional. Éste, después de una larga y completa tramitación, acumulando múltiples antecedentes y oyendo a todo el mundo que quiso ser escuchado, declaró –por mayoría absoluta y en sentencia ejecutoriada– que la Constitución vedaba al Estado el discutido reparto (abril de 2004). ¿Por qué? Principalmente porque existía entre los expertos y estudios especializados una profunda radical y no resuelta diferencia científica, relativa a una
circunstancia clave: si “el que está por nacer” de la Carta Fundamental, el ser humano constitucionalmente protegido, era: A. El óvulo tan pronto fecundado, o B. El óvulo ya anidado en el endometrio. En la primera alternativa, la píldora destruía un ser humano, y resultaba inadmisible. En la segunda, no, probablemente (pero sin certeza). Existía una «duda razonable» respecto de la respuesta y alternativa verdadera. Duda que, por su carácter técnico, el Tribunal, cualquier tribunal, no estaba en aptitud de resolver. Pero eso no lo eximía de su deber legal de fallar. Sino que lo llevaba –sin pronunciarse sobre la disputa científica– a acoger aquella tesis que de ninguna manera PODIA MATAR AL QUE ESTABA POR NACER Y VIOLAR LA CONSTITUCION.Era la antigua regla de «en la duda abstente». Que no significa, como con sorpresa la escuché decir por televisión a un politólogo, días pasados: «En la duda, haz lo que quieras». Sino precisamente lo contrario: «Si dudas de la permisibilidad ética de un acto, no lo hagas».
5. ¿Cómo respondió el Gobierno? Con un nuevo resquicio… en vez de gastar un momento y analizar los traspiés incurridos. El reparto seguiría –dijo, desafiantemente–, pero ahora a cargo de las municipalidades, no de los servicios de Salud. ¡Se anunciaron sumarios y recortes de fondos para el alcalde que no aceptara distribuir la píldora! Era “poco confiable”, dijo el ministro del ramo (La Segunda, 5 de mayo de 2004). Nada se obtuvo con advertirle al Gobierno que, si a los servicios de Salud les estaba prohibido repartir la píldora por ser órganos del Estado, el mismo carácter revestían los municipios, a los cuales, además, les era imposible ese reparto sin celebrar convenio con dichos servicios.
6. Y pasó lo que tenía que pasar. La Contraloría, estos días, vetó la distribución de la píldora por los municipios. El Estado no podía hacer con una mano lo que el Tribunal le prohibiera hacer con la otra.Gran rabia «progresista», según anticipábamos.
¿Y de quién es la culpa de todos los fiascos vistos, si oímos a esos furiosos pro píldora? ¿De la Corte Suprema, del Tribunal Constitucional, de la Contraloría? NO, LA CULPA ES DE LA IGLESIA CATOLICA.
¡Cómo! –dirán Uds. ¿De la Iglesia, nunca consultada, ni siquiera oída sobre este tema, en los siete o más años de disparates que he narrado? ¿La Corte Suprema, el Tribunal Constitucional, la Contraloría… son órganos de la Iglesia? ¿Declaran el derecho según lo que la Iglesia les dice? ¿Ella los maneja, sin siquiera intervenir en ninguno de esos recursos?
Lo único que la Iglesia ha hecho es manifestar clara y públicamente su posición. ¿Se le negará ese derecho? ¿A quién coacciona con ello? ¿Qué armas tendría para coaccionar?
Las manifestaciones de la hirviente cólera «progresista» por el asunto de la píldora han sido muchas. Escojo como significativa la del rector/columnista de El Mercurio, el último domingo.
Contiene una extensa y confusa perorata general contra la Iglesia y su doctrina, que incluye lugares comunes muy manidos y bromas «gruesas», todo impropio en un escrito que se supone de pensamiento y dirigido a personas cultas. Ratifican la ignorancia enciclopédica del columnista sobre el catolicismo, al cual culpa de «sempiterna enemistad con el cuerpo», «condena de la homosexualidad (incluso si
involuntaria)», y otros defectos que hoy no se leen sino en viejos almanaques anticlericales.
Pero todo lo anterior, sin duda lastimoso, es sólo envoltorio de lo sustancial de la columna que comento y que puede resumirse así:
* “No vale la pena engañarse, el debate sobre la píldora no es ni de índole legal ni de naturaleza estrictamente médica… (sino, sobre todo) de cuál debe ser la posición que tendrá la doctrina de la Iglesia Católica en el espacio público”. “Qué fuerza orientadora se le reconocerá a ese punto de vista: si se le conferirá fuerza coactiva mediante la ley o si, en cambio, se le dejará entregado a su mera capacidad persuasiva”.
Advirtamos que, en un “debate” cuyo fondo es médico, legal y ético, el columnista omite indicarnos cuál es la postura de la Iglesia en tales respectos. Así se libra de confirmarla o refutarla. Fácil, elegante, ingenioso… pero todos nos damos cuenta del vacío argumental.
Luego, la posición “en el espacio público” de la Iglesia y de sus puntos de vista no la determinará ella, ni menos el rector/columnista, sino la opinión de los chilenos, ejercitada en democracia, a los cuales convenza con sus argumentos. Y lo obtendrá mediante su “capacidad persuasiva”, como siempre ha sido y más que nunca hoy, que –reitero– no tiene ninguna otra arma. Si los puntos de vista doctrinarios de la Iglesia se traducen en leyes, será formal y sustancialmente conforme a la Constitución, y el rector/columnista tendrá que cumplirlas (aunque no le gusten), igual que los católicos debemos cumplir leyes, como la de divorcio, que estimamos profundamente dañinas.
* Aunque lo diga de modo vago y confuso, el artículo que comento parece temer que la Iglesia quiera quitar a los ciudadanos “la autonomía para decidir los casos límites EN LA ESFERA DE SU INTIMIDAD”, y su “libertad de conciencia”, otra vez “EN LA ESFERA DE SU INTIMIDAD”, y que “descree de la autonomía de los ciudadanos”.
Nuevamente, se trata de cargos y suposiciones que carecen de la menor base. La moral de la Iglesia le permite calificar los actos “de los ciudadanos” como buenos o malos, en abstracto, pero sin que ella propicie ni practique introducirse en la conciencia ni en la intimidad de nadie.
PERO NO ES ESTA LA POLEMICA (y por eso el rector/columnista la evade).
La Iglesia, a la mujer que toma una píldora que puede ser abortiva, sólo le representa en general, o particularmente oyendo su confesión –para que juzgue y decida en su intimidad y conciencia– la inmoralidad objetiva del acto. Es al Estado que la Iglesia manifiesta que no puede, en moral ni en derecho, difundir esa píldora gratuita y masivamente. Y la Corte Suprema, el Tribunal Constitucional y la Contraloría le han dado la razón. Quisiéramos oír sobre esto al rector/columnista. Quisiéramos nos dijera si iría contra la “conciencia” e “intimidad” de las “ciudadanas” que el Estado no les repartiera gratis una píldora RECONOCIDAMENTE ABORTIVA. Mientras tanto, consideraremos sólo una cortina de humo –y una de dudoso gusto– que se solace recordando las «barrabasadas» de ciertos sacerdotes.

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Los tres huérfanos de Michael Jackson

01 julio, 2009


Los niños Jackson, mandados a engendrar a medida gracias al capricho y los millones del "Rey del Pop" han quedado doblemente huérfanos, en una terrible segunda orfandad --como pocas habrá en el mundo-- pues ahora están, más que nunca en sus cortas vidas, sin padres (ni biológicos ni adoptivos); sin referentes de familia, sin certezas de identidad que les indique quiénes son ellos en definitiva.

Todavía está insepulto el cadaver del cantante, cuando la mujer que estuvo casada con él declara oficialmente lo que todos sabíamos: que los dos hijos que le inseminaron no son de Michael y que no pedirá su custodia. Ella ya había recibido más de 6 millones de dólares por engendrarlos para complacer al ídolo que se los pagó. Ahora alguno afirma que serían hijos del ex-médico del fallecido que era ex-pareja de la mujer que es ex-esposa del artista. Detalles que deben ser otra carga para esos chicos inocentes y desdichados, expuestos a la intrusión de los medios.

Del tercer hijo nacido el 2002 se sabe menos. Su madre es una mujer anónima --europea, dicen, como gran dato-- que alquiló su vientre para terminar esta trilogía. En la retina de todos está la escena del balcón y del niño colgando en el vacío mientras Jackson se divertía presentándolo al mundo.

Ya será sepultado Michael, pero el drama seguirá pues le han dado una tuición temporal a la octogenaria "abuela" mientras se decide qué hacer con ellos si nadie los quiere ni reconoce y menos si sólo han heredado deudas como se ha ventilado.

Estos niños ahora no tienen padres (nunca los han tenido de verdad); no pertenecen a la raza de la familia con la que comparten el apellido; no son 100% hermanos entre ellos, y todo por saltarse las normas éticas más básicas como es reconocer que cada ser humano tiene el derecho que le da esa dignidad para ser recibido por unos padres que sean hombre y mujer, dentro de una familia real, que los amen, los protejan y les den las garantías mínimas para sentir que han llegado al mundo porque valen por si mismos y no sólo para hacer realidad la fantasía de una persona de gustos y costumbres bastante "especiales". Me han recordado a los "productos humanos" de la película llamada La Isla.....

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Viatores, huéspedes, flores de un día

05 mayo, 2009

Esta foto me pertenece....he visto cosas como estas estos días....hay que ser muy ciego de muchas maneras para no caer de rodillas; los tulipanesno se han hecho solos....

He tenido un reiterado darle vueltas a una de esas ideas que tenemos de repente en un chispazo de gracia (?) y no se trata de otra cosa que de algo OBVIO, pero por eso mismo menos internalizado pues creemos que lo sabemos todo sin más análisis.

He comprendido de un modo íntimo, casi intransferible, creo, que estamos de paso en la tierra, que la poseemos con todo derecho sólo mientras vivimos --o sea unas 100 veces 360 días si tenemos suerte y no nos encontramos contagiados con fiebre porcina o hechos paté en un accidente de tránsito ( y cada día hay más autos, amigos)-- y luego "para la Casa" que para algunos no es más que el hoyo, como se decía antes de que las cremaciones fueran algo corriente, o bien la oportunidad de llegar a gozar algún día de la morada que se nos ha prometido que tenemos preparada por el propio Jesús en el Cielo.

Oportunidad, pues no se nos dará en forma automática como algunos/as frescos pretenden. "Las bases" del asunto las tenemos re-claras en la Ley Natural para todo el género humano de cualquier época, cultura, circunstancias, etc, y además los creyentes las tenemos impresas en papel ( o en internet si buscamos con Google).En la Biblia los cristianos; en el Corán los islamistas; en sus libros sagrados los que los tengan de otras creencias, pero no en lo que a mi se me ocurra, como no puedo hacer mi propia ley del tránsito o suprimir la gravedad.

Me he solazado mirando con ojos del porte de un plato la tierra, nuestro planeta, con más asombro del que suelo tener en estos temas, y si así es de bueno, bello y generoso nuestro mundo maltratado y degradado, puedo tratar de imaginar lo maravilloso que será vivir en el Amor, con el Amor y para el Amor sin que nos falte un pelo, unidos, pero no confundidos con Dios, sin hartarnos nunca de contemplar su rostro --como dicen los salmistas-- pero es más que eso, y nadie lo ha podido decir de un modo definitivo, pues:"ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni vino a mente del hombre lo que Dios tiene preparado para el que lo ama" (San Pablo, 1 Corintios 2,9)

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Ateos, creyentes y vida eterna

15 abril, 2009


He leído éste artículo que dice muy bien dichas cosas que se hen dicho de mil maneras. Lo copio porque estoy bastante floja, lo reconozco, para aportar alguna cosita como las que son de mi estilo.

Pienso que no creer es un drama tremendo, principalmente de cara a la muerte inminente, y me espanta que haya personas que voluntariamente busquen argumentos que los alejen de creer en el espíritu y en el más allá, autoexiliándose del consuelo que significa ser creyente --y actuar en consecuencia-- y de la vida eterna, si es la opción verdadera. La apuesta de Pascal sigue en pie y será así siempre. No tendría valor, ni sería fe, tener certezas mensurables y "pellizcables"




El materialista convencido dice: no hay Dios, ni cielo, ni espíritu, ni otra vida después de la hora de la muerte. El espiritualista (los creyentes suelen serlo, aunque no siempre nos acordamos de ello) dice: hay Dios, cielo, espíritu y otra vida más allá de la frontera. No existe ningún método químico, ninguna prueba de laboratorio, para decidir quién tiene razón y quién se equivoca. Si hubiese algún método evidente, claro, indiscutible, para llegar a una respuesta definitiva en este tema, hace siglos que habría terminado la discusión entre espiritualistas y materialistas. Pero la disputa sigue en pie, y todos nos encontramos a un lado o al otro de la plaza. Llegará, sin
embargo, el momento en el que este asunto quedará “resuelto” para siempre: tras la hora de la muerte. Las posibilidades, a la hora de llegar a la tumba, son dos: o no existe otra vida, o sí existe y continuamos nuestra existencia (obviamente, de otro modo) porque tenemos la chispa del espíritu. Ocurre, sin embargo, algo paradójico. Si todo se termina con la muerte, si la creencia en el espíritu era un error inmenso o un engaño maquiavélico, el materialista no podrá decir, tras la muerte, que tenía razón. A la vez, el espiritualista no se dará cuenta de que había vivido equivocado, ni se lamentará por haber soñado en un
cielo inexistente. Los dos se esfumarán, como el humo que disipa el viento, como el fuego que agoniza con la lluvia que cae sobre la hoguera. En cambio, si somos espirituales, si tenemos una vocación eterna, si Dios nos espera en la otra orilla, la situación será sumamente diversa. El espiritualista, el creyente, gozará infinitamente al descubrir que tenía razón, que había vivido pensando en el cielo. El materialista, en cambio, deberá reconocer su error. Tal vez tendrá que enfrentarse con consecuencias no esperadas, con responsabilidades que había descartado por no creer que hubiese nada más allá de la frontera. Pascal (1623-1662) preguntaba: ¿quién tiene más miedo de la otra vida, el que piensa que no existe algo tras la muerte y se comporta de tal manera que, si hubiese cielo o infierno, mereciese el infierno? ¿O el que cree en la vida eterna, y se esfuerza por alcanzar el premio que la virtud recibe tras la muerte? Son dos modos de vivir muy diferentes, casi contrapuestos, aunque luego, ateos y creyentes (creyentes de verdad) parezcan vestir igual, entrar juntos por la mañana a la oficina, y salir los fines de semana fuera de la ciudad en busca de un poco de descanso. La tumba espera, imperturbable, con su silencio y sus enigmas. Más allá (así lo espero, así lo creo) está un mundo misterioso y bello, donde Dios abraza a sus hijos, para vivir, eternamente, en la dicha de los cielos.

Leído acá*


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