
Cuando aún no teníamos noción de lo que sucedía, muchos hemos sido bautizados. Entramos a los pies de la pila bautismal como unos humanitos maravillosos, pero naturalmente marcados por el pecado de Adán, para salir miembros de la Iglesia, como hijos de Dios, herederos del cielo, en definitiva. Nuestros padres nos daban lo mejor del mundo, a su buen saber y entender, porque nos querían.
Crecimos y los padres nos llevaban a la iglesia, generalmente a misa. Nos gustaba la amplitud de los templos , la gente, tanto donde subirse, y el ambiente especial y novedoso.
Nos llevaban, pero estabamos muy claramente instruídos, desde muy pequeños, de que ese lugar es la casa de Dios, y había que tener una actitud de respeto reverencial, de silencio, de postergación de los juegos y tratar de entender lo que sucedía. Luego vienieron las preguntas, acalladas con la promesa del 'después hablamos', ¡y lo hacían! nos explicaban a nuestro nivel los misterios, curiosidades o lo que fuera que nos llamó la atención, pues estaban capacitados para responder al nivel de su menudo auditorio.
El mensaje central era uno, fuerte y claro: creemos que Dios está realmente presente en el tabernáculo, por lo tanto hay que actuar en consecuencia, en silencio, respeto, con una urbanidad especial y atentos a lo que sucede.
¿Pero Dios no comprende que son niños chicos que se distraen? Sí, y dijo 'dejad que los niños vengan a mí', pero no de cualquier modo, no sin que noten lo sagrado ahí, y si --como niños-- se olvidan del sitio en que están, Jesus se sonreirá con dulzura y dirá "¡son niños!", pero que no se les diga nada y se les suelte para correr, subirse al presbiterio, tirar de las prendas litúrgicas de los celebrantes, pasearse bailando delante del púlpito, y miles de cosas similares, es un abuso con la liturgia y con los que desean concentrarse en lo medular, la oración, la unión con Cristo en el sacrificio del altar.
Cuando veo el espectáculo de las malas prácticas en los lugares de culto, tanto en los niños como en las vestimentas de los mayores y otros detalles muy notables y visibles, pienso que se proclama una falla grande en la formación de los presentes, que no saben realmente donde y con quién están ahí; una falta de fe, o al menos de educación, que está pasando de generación en generación, lamentablemente. Las misas de navidad, tan entrañables, podrían ser una ocasión muy propicia para explicar cosas que los chicos, que son seres inocentes, comprenden mejor de lo que algunos adultos creen.