Venía de misa un día de semana, y al pasar, una niña de unos 14 años que he visto en la iglesia, comentaba a otros 3 adolescentes: "yo creo que el diablo no existe, son cosas de la Iglesia....".
Alcancé a dar dos pasos y casi sin proponérmelo, me di media vuelta diciendo: "el demonio sí existe", y comencé en alta voz a darles razones para que comprendan que el mayor éxito del "coludo" es hacer que no se crea en su existencia. Intenté que pensaran en el mal que comprobamos en el mundo y dentro de nosotros, también de ellos, citando a san Pablo cuando dice que hacemos el mal que no queremos y omitimos el bien que quisiéramos. No sé que más les dije en el minuto de esa catequesis improvisada que partió, supongo, de la inspiración del Espíritu Santo, pues casi no me reconozco así, predicando en una plaza a unos desconocidos.
Lo curioso es que yo, que soy terriblemente mala fisonomista, reconocí perfectamente a la chica del comentario, porque es bastante gorda, con un peinado muy característico, por lo que le dije que la conocía en misa, y que ella recitaba el credo, y entre las verdades que debemos creer está la existencia del demonio, aunque no se dijera ahí..
En fin, amigos, creo que urge una catequesis que reafirme este desagradable pero verdadero tema. Predicarlo a todo nivel. Se habla poco y demasiado aguado, tanto, que parece que el infierno estuviera vacío con tantas excepciones, rebajas de penas y justificaciones para la perversión que es el pecado, cualquier pecado, pues con frecuencia oigo hablar de "pecadillos" o peccata minuta.
No nos iremos al infierno por un pecado venial, lo sabemos, pero es el modo de ir cayendo cada vez más bajo con la posibilidad cierta de caer ahí y no salir jamás. ¿Qué esperamos?


