Mientras escribía el post anterior, sobre la muerte de don Edgardo Boeninger, me acordaba de los muchos funerales a los que he asistido por ser conocidos o deudos, o por ir a mi misa diaria aprovechando las de difuntos de mi parroquia.
Sí, he asistido a muchos y es notable la frecuencia con que en estas ceremonias tan emotivas se "canonice" al finado y se hable de que "está con el Señor", que nos encomendemos ellos "que ya gozan de su presencia en el Cielo" y mucho más, pues me tocó oir a un inefable curita, viejo escolapio español muy conocido y querido en Chile, decir que en definitiva el difunto de turno estaba en el cielo porque Dios no condenaba a nadie...... ¡y era el padre de una amiga que no era ningún santo, y lo sé yo y lo sabían todos!
Se olvidan de la existencia de Purgatorio, y jamás se menciona la posibilidad del infierno aunque sea como recuerdo didáctico; no se hace ni indirectamente.
La Santa Sede ha hecho hincapié en no exaltar la posible santidad de los difuntos porque no sabemos su estado actual y podemos dejar de cumplir el deber de pedir por su llegada al Cielo mediante sufragios por sus almas y tampoco esforzarnos nosotros para conseguir la salvación eterna.
¿Qué respeto humano les impide aprovechar esos momentos, en que todos reflexionamos sobre el fin de cada uno, para decir algo que nos haga enmendar rumbos? se lo farrean, anestesian las conciencias, pecan por debilidad, pero es una falta de omisión de la que tendrán que dar cuenta, pienso, por no recordarnos que lo único importante es servir a Dios durante el tiempo de la Misericordia. Luego sólo queda el tiempo de la Justicia de Dios.


