15 abril, 2009

Ateos, creyentes y vida eterna


He leído éste artículo que dice muy bien dichas cosas que se hen dicho de mil maneras. Lo copio porque estoy bastante floja, lo reconozco, para aportar alguna cosita como las que son de mi estilo.

Pienso que no creer es un drama tremendo, principalmente de cara a la muerte inminente, y me espanta que haya personas que voluntariamente busquen argumentos que los alejen de creer en el espíritu y en el más allá, autoexiliándose del consuelo que significa ser creyente --y actuar en consecuencia-- y de la vida eterna, si es la opción verdadera. La apuesta de Pascal sigue en pie y será así siempre. No tendría valor, ni sería fe, tener certezas mensurables y "pellizcables"




El materialista convencido dice: no hay Dios, ni cielo, ni espíritu, ni otra vida después de la hora de la muerte. El espiritualista (los creyentes suelen serlo, aunque no siempre nos acordamos de ello) dice: hay Dios, cielo, espíritu y otra vida más allá de la frontera. No existe ningún método químico, ninguna prueba de laboratorio, para decidir quién tiene razón y quién se equivoca. Si hubiese algún método evidente, claro, indiscutible, para llegar a una respuesta definitiva en este tema, hace siglos que habría terminado la discusión entre espiritualistas y materialistas. Pero la disputa sigue en pie, y todos nos encontramos a un lado o al otro de la plaza. Llegará, sin
embargo, el momento en el que este asunto quedará “resuelto” para siempre: tras la hora de la muerte. Las posibilidades, a la hora de llegar a la tumba, son dos: o no existe otra vida, o sí existe y continuamos nuestra existencia (obviamente, de otro modo) porque tenemos la chispa del espíritu. Ocurre, sin embargo, algo paradójico. Si todo se termina con la muerte, si la creencia en el espíritu era un error inmenso o un engaño maquiavélico, el materialista no podrá decir, tras la muerte, que tenía razón. A la vez, el espiritualista no se dará cuenta de que había vivido equivocado, ni se lamentará por haber soñado en un
cielo inexistente. Los dos se esfumarán, como el humo que disipa el viento, como el fuego que agoniza con la lluvia que cae sobre la hoguera. En cambio, si somos espirituales, si tenemos una vocación eterna, si Dios nos espera en la otra orilla, la situación será sumamente diversa. El espiritualista, el creyente, gozará infinitamente al descubrir que tenía razón, que había vivido pensando en el cielo. El materialista, en cambio, deberá reconocer su error. Tal vez tendrá que enfrentarse con consecuencias no esperadas, con responsabilidades que había descartado por no creer que hubiese nada más allá de la frontera. Pascal (1623-1662) preguntaba: ¿quién tiene más miedo de la otra vida, el que piensa que no existe algo tras la muerte y se comporta de tal manera que, si hubiese cielo o infierno, mereciese el infierno? ¿O el que cree en la vida eterna, y se esfuerza por alcanzar el premio que la virtud recibe tras la muerte? Son dos modos de vivir muy diferentes, casi contrapuestos, aunque luego, ateos y creyentes (creyentes de verdad) parezcan vestir igual, entrar juntos por la mañana a la oficina, y salir los fines de semana fuera de la ciudad en busca de un poco de descanso. La tumba espera, imperturbable, con su silencio y sus enigmas. Más allá (así lo espero, así lo creo) está un mundo misterioso y bello, donde Dios abraza a sus hijos, para vivir, eternamente, en la dicha de los cielos.

Leído acá*


05 abril, 2009

Te quiero seguir de cerca, Señor


Se van acercando los días de tu Pasión, Señor, donde demostraste que Dios es Amor, al estar dispuesto a dar tu vida por nosotros en la forma más terrible e ignominiosa para su contexto histórico.

No te ahorraste ningún trabajo o dolor para sacarnos de las garras del demonio; ¿cómo es que tantos no te reconocen? ¿cómo es que tantos te odian y persiguen? Comprendo que para algunos el creer en ti sea dificultoso, pero al menos debieran reconocer que si hay algo de humanidad en la Humanidad (valga la redundancia) es porque nos has mostrado y exigido seguir tus huellas, siendo manso y humilde de corazón, viviendo tu doctrina de paz y perdón, de justicia y de caridad. Señor, si no nos pusieras la vara tan alta como eso de "ser perfectos como vuestro Padre Dios es perfecto", ¡que bajo apuntaríamos en vida interior y ansias de santidad! y ya conocemos también que la ley de "gravedad" que nos dejó la herida del pecado nos hace caer en todo lo bueno que emprendemos también en las más nobles ambiciones.

Estas palabras mías, que van saliendo como me vienen , me sirvan para contemplar el camino de la cruz y todo lo que lo precedió y siguió, y me hagan más fiel y mejor persona. Que no escandalice a nadie con mis debilidades y faltas; que ojalá con la ayuda de tu gracia logre llevar a tu lado a muchos otros con que me he topado en mi paso por el mundo, para disfrutar de tu eterna compañía. No hay que ir lejos para encontrar almas que deben salvarse también, es cosa de mirar con tus ojos para descubrir tanta indigencia espiritual, mayor y más desconocida en los que creen que son algo por tener dinero, posición social, estudios, amistades, trabajos, etc... Sí, Señor, es más difícil reconocerlo cuando la satisfacción embota el corazón impidiéndonos verte y ver al prójimo que te necesita más deseperadamente cuanto más se aleja de ti y más prescinde de tu amor.

Te quiero seguir, pero de cerca, sin respetos humanos ni claudicaciones. Quiero ser un consuelo en el tremendo trance que sufrirás en los próximos días, aunque sea un sorbo de agua o una mirada cariñosa en medio del gentío que grita hoy como ayer: ¡CRUCIFÍCALE!