
Fin de año: preparar las vacaciones; consideraciones escatológicas; carreras, regalos y cena de Navidad; graduaciones.... y adviento.... ¡es mucho para un mes! y se nos hace muy difícil concentrarnos en lo medular, la fiesta del nacimiento de nuestro Redentor, y el recuerdo de su próxima venida en gloria y majestad, cuando nadie pueda desconocerlo ni negarlo, y sólo quede la inconmesurable alegría u horror por su llegada a juzgarnos a todos, pues nadie podrá alegar neutralidad. Se nos exigirá cuenta de nuestros talentos y sólo debe temer aquel que no los trabajó, haya sido uno o cien. De esta dimensión del tiempo litúrgico que estamos viviendo voy a hablar ahora, de la Navidad, unos días mas adelante.
Dios no dictará la sentencia subiendo o bajando el pulgar; no, seremos nosotros los que tomaremos el camino que hemos estado recorriendo en el momento de la muerte. Si andábamos por sus sendas, llegaremos al paraíso; si pisábamos caminos extraviados tratando de buscar atajos que no eran los caminos del Señor, llegaremos al despeñadero sin retorno, y no será algo injusto, bastante nos lo ha advertido el Señor en el Evangelio y por medio de su Iglesia; si no lo quisimos oír cuando aún era tiempo de misericordia ya solamente quedará sufrir su justicia.... ¡y ÉSTE es el tiempo de merecer! ¿Qué estamos esperando para caer en los brazos amantes de nuestro Padre Dios?
El símbolo del Adviento es el de las velas encendidas, que me recuerdan las lámparas de las Vírgenes Prudentes de la parábola, que esperaron al novio hasta la hora desconocida en que llegó a la casa pudiendo entrar con él. Una vela o luz encendida es lo que nos dieron en nuestro bautismo, para conservarla ardiendo, dando luz y calor a nuestro alrededor. Ojalá el Señor que vendrá como Juez, Legislador y Rey, pero que es Padre y nos ama, nos encuentre como nos ha dicho que espera encontrarnos: velando, pues no sabemos ni el día ni la hora.
