Alemania es una sociedad forjada entre grandes virtudes y muchos sufrimientos, por traumas no superados aunque mil veces lavados por los herederos de los que cometieron las tropelías por todos conocidas y que ocultan la parte fea del lado de los perdedores, que también sufrieron lo suyo, qué duda cabe: los grandes conflictos los perdemos todos.No era ese mi tema ahora, sino comentar que luego de las heridas de hace más de medio siglo su pueblo cambió y han pasado a un estado de bienestar que en mi concepto es una de las razones para que olvidaran en la práctica a Dios. Viven una fe muy vacía y su pinta, cancelando sacramentos como la confesión sacramental, tanto, que un muy cariñoso sacerdote con el que conversé de este tema me dijo literalmente: "En Europa "no se usa", es todo; no confieso porque nadie se confiesa, ¡ni yo!", lo que me dejó "para adentro" de dolor,
incredulidad e impotencia. ¿Habrá gracia más grande que el sacramento de la reconciliación instituído por el propio Señor Jesucristo? ¡y despreciado --o al menos incomprendido-- por quienes debieran promoverlo! En fin, triste cosa.
Por otro lado, debí asistir a una liturgia de las horas en un convento de monjas: piadosas mujeres, de todas las edades, lo que me hizo matizar la terrible impresión de haber visto el empeño en "la caridad" al juntar dinero con paellas, discoteques para jóvenes y teatro para niños, para darlo a las misiones en el África y Sudamérica, pero olvidando lo "único necesario".

Esta experiencia de haber visto esas mujeres entregadas a la adoración cuando afuera de su monasterio abundan las cosas que el mundo aprecia, me hizo pensar en que quizás sean ellas las que han preservado la Iglesia entre tanta calamidad y tibieza. Que Dios las bendiga y multiplique, por ser el corazón que sigue bombeando mientras el Cuerpo Místico de Cristo se repone de sus llagas.



